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La Gloria de Eisental - Vigésimo tercer torneo.

Miér Ene 04, 2012 10:10 am por Jodri Rompehierro

Los juglares se encargan de llevar las noticias aquellos que no saben leer, y con sus cánticos transmiten toda la información. Esta vez cantan himnos de guerra, de lucha y combate. Pero más allá de su exagerada visión, comentan el que será el vigésimo tercer torneo de Eisental:


La Gloria …


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Para todos los usuarios.

Mar Ene 03, 2012 6:59 pm por Jodri Rompehierro

¡Muy buenas mis pequeños y Feliz Año Nuevo para todos!

Empezamos un año nuevo, y mi primera impresión no ha sido muy buena… Puede que esté confundido, o espere demasiado… Pero es lo que me parece y me cuesta decirlo… No sé si entenderéis a lo que me refiero.

En fin, aparte de …

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Un día especial

Mar Oct 25, 2011 7:05 am por Jodri Rompehierro

Un día especial


Saludos a todos y a cada uno de vosotros. Hoy es un día muy especial, y en nombre de todos los administradores tengo que contaros algo. Esta vez no voy a narrar ningún combate, ni a rolear con vosotros. Creo que lo que voy a deciros es más importante. Algo dentro de mí me …

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La Gran Marcha Hacia Ulthuan

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La Gran Marcha Hacia Ulthuan

Mensaje  Hraigh el Vie Jun 24, 2011 3:40 pm

LA GRAN MARCHA HACIA ULTHUAN

I CAPÍTULO: LA FLOTA SKAVEN

Skabscror gruño. Se hallaba al frente del mayor ejército movilizado hacia ulthuan desde el sonado fracaso de Calith. "Pero ahora es diferente". Por supuesto que era diferente. Tenía bajo su mando una gigantesca flota aportada por la mayoría de los clanes más importantes. Sus agentes habían conseguido que el waaaagh de Grutzag atacara a las cosas elfas y ahora, en una muestra más(si es que hacían falta) de su intelecto skaven atacarían a la región que las cosas elfas llamaban Yvresse. Entonces Skabscror se deleito repasando el plan una vez más. Atacarían por la costa, por una ruta por la cual, según sus esclavos largamente torturados, no había una gran defensa mágica. Las tuneladoras del clan Skyrre empezarían a cavar una gran madriguera desde la cual atacar toda Ulthuan y conspiras por su caída, pero antes saquearían las ciudades (si es que había) de los alrededores. Y por supuesto, toda la gloria seria para él y la Gran Rata Cornuda.
Entonces Skabscror notó como se le erizaba el pelo y puso instintivamente la garra superior sobre su espada."Tranquilízate" se dijo “solo son los videntes". Y era verdad. Los seis videntes que el consejo también había enviado estaban haciendo un hechizo descomunal que les daría un plazo de diez mil latidos para atravesar las defensas mágicas de las cosas elfas. Eso le recordó que aparte del clan Mors, del cual él era su "representante" habían mas clanes, tanto mayores como menores y aunque Queek no había podido venir, Gnadweel le había asignado al señor de la guerra Skreek Garrafija como lugarteniente. A Skabscror le disgusto mucho que no estuviera allí, en su propio barco, ya que tenía pensado que una de sus ratas ogro lo matara "accidentalmente", pero al parecer ser Skreek también había pensado lo mismo. Skabscror miro al horizonte y vio como su flota se extendía todavía más, a pesar de que su barco era el que estaba al frente.
Afortunadamente el Barco de la Plaga del consejo de sacerdotes de Molkit el Sulfuroso permanecía alejado de toda la flota. Molkit tampoco daba muestras de que esto le importase ya que tenía su propia flotilla personal, aportada por el clan Pestilens, ya que Molkit quería probar nuevas enfermedades con las cosas elfas y acto seguido invadir las madrigueras de las cosas lagarto. Los demás clanes mayores tampoco se habían quedado cortos. El clan Skyre se había traído maquinas infernales a la cual más letal y también habían aprovechado para probar sus motores de la disformidad, aunque Skabscror era de la opinión de que sus doscientos esclavos, con un buen látigo, remaban mucho más deprisa. Luego el clan Moulder quería probar su docena de monstruos infernales hechas con los monstruos gigantes de las cosas lagarto con las murallas de las cosas elfas. El clan Eshin era el que más guerreros había aportado, además de los propios miembros del clan y varios centenares de prisioneros capturados de las madrigueras de las cosas hombre al sur. Aunque tal vez su gran aportación fuesen tres de las temidas triadas y cada una tenía un objetivo...A lo mejor el podría conseguirlas un par...

Pero quitando los barcos que se habían inundado o desviado o destruido unos a otros por la incompetencia de sus lacayos, aquel era un gran día. Skabscror volvió a ver orgulloso el horizonte y vio algo un poco sospechoso. Era como una flota de las cosas humanas pero había algo extraño...No había ni un tripulante. Parecían más carcasas podridas que barcos. Entonces se dirigió a VistaLarga, uno de sus mas supuestamente fieles subordinados:
-¡VistaLarga!
-¿Si-si mi oh mi grandioso señor?-contesto, simulando que estaba molesto por la interrupción
-¿Que es eso de ahí?-pregunto Skabscror señalando los barcos que estaban en le horizonte. VistaLarga se concentro en el punto y pareció sorprenderse
-¿Sabes? a los lacayos que me hacen esperar tengo la afición de cortarles la cabeza
-¡Oh el mejor de todos los soberanos! parecen...parecen...cosas muertas
Skabscror miro con detenimiento al punto que había señalado y pensó si huir o arriesgarse a pelear, pero entonces se acordó de que era el enviado del Consejo de los Trece y del clan Mors y no podía volver con las manos vacías.
-Rápido-rápido-gritó-todos a sus puestos, por la Gran Rata Cornuda

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Yvninn era un elfo esbelto, era fuerte, era orgulloso, arrogante y era tan diestro con la espada que hasta los elfos seguían con dificultad sus movimientos. Solo había un inconveniente que le hacía incapaz de defender Ulthuan: estaba muerto.


Efectivamente Yvninn era un vampiro. Para encontrar explicación a este extraño suceso hay que remontarse a la guerra de la barba. Yvninn era el gobernador de una colonia elfa a tan solo unos kilómetros de Tilea. A los elfos les iba bien el comercio al vivir aislados del mundo y de la guerra, pero todo cambio cuando llego la guerra de la barba. Los magos de Hoeth le pidieron ayuda en aquel desesperado momento, pero Yvninn, que no quería perder recursos ni soldados en una guerra que el consideraba que se podía solucionar pacíficamente se negó. Los Altos Magos de Hoeth, disgustados, le maldijeron a él y toda su estirpe con algo remotamente parecido a la maldición de la sed de la sangre de Neferata pero mucho peor. No le crecieron los colmillos ni tenía ganas de beber sangre, pero tenía siempre la necesidad de auto torturarse con torturas infernales, no podía ver ni el sol ni la Luna, y siempre se sentía desesperado y con la sensación de faltarle algo, por lo que tenía unas ansias tremendas de poseer todas las cosas con valor. Por las noches todos los espíritus con los que se encontraba intentaban torturarle, pero Yvninn aun asi era incapaz de quitarse la no vida o que se la quitaran. Por otra parte, los otros cinco miembros de su familia también habían sufrido aquella maldición. Su tío había viajado a Lustria buscando oro y no había vuelto. Su hermano mayor había intentado matarlos a todos para poner fin a aquel aciago destino, pero en el último momento lo asesinaron, siendo incapaces de querer morir. Su hijo, desesperado, encontró una solución al problema: convertirse en una bestia sin cerebro y con un comportamiento salvaje más propio de los orcos. Su hermano menor había viajado a las tierras del caos buscando una solución mejor.

Pero hacia poco su primo había cogido una buena proporción del ejército de no muertos que tenían para invadir Tilea. Por desgracia para ellos, los tileanos ya estaban preparados. Uno de sus comandantes hizo un ataque relámpago a caballo hacia el centro del ejército. Cuando el primo de Yvninn cayó, casi todo el ejercito de no muertos también dejo de caminar sobre el mundo de los vivos. Los comandantes de Tilea averiguaron el emplazamiento de su antigua y maldita colonia y enviaron un ejército a limpiar la zona y de paso saquear todo lo que pudiesen. Yvninn había tenido que coger a sus esclavos nigromantes, encadenar a su hijo y hacer una retirada por el mar con unos viejos barcos tileanos que se habían hundido siglos antes con los hechizos de sus nigromantes, ya que Yvninn no poseía las habilidades mágicas. Una vez a la mar Yvninn ya no supo a donde ir. Podía volver siglos más tarde pero mientras tanto ya no sabía lo que hacer.
Fue entonces cuando se encontró con una flota dirigida por su hermano menor, Athriel, que había vuelto de las tierras del Caos cambiado. En efecto se había librado de la maldición, pero el coste, al igual que el de su hijo, había sido caro. Había tenido que adorar a Nurgle, el dios de la plaga para que sustituyera la maldición por plagas sin que muriese en el proceso. Athriel, visiblemente divertido por el fracaso de su primo, le dijo que la solución a todos sus males se encontraba en la mil veces maldita Ulthuan. Yvninn pensó y al final accedió a la propuesta, ya que no tenía nada que perder, pero pensó aquel día por si los casos que tendría que vigilar a su hermano.
-¿Señor?
Yvninn, visiblemente molesto por haber sido molestado en sus ensoñaciones miro con desgana a su antiguo y muerto capitán de la guardia.
-¿Que es lo que pasa?
-Mi señor, hay una gran flota enemiga acercándose por el norte
-¿Tileanos?
-No mi señor. Su hermano me ha ordenado que le diga que son skavens
¿Skavens? Yvninn se había olvidado de muchos detalles de su vida, pero nunca había visto a un skaven ni sabía que eran. Aquello empezó a interesarle
-Muy bien. Que la flota se movilice. Vamos a enseñar a esa raza el verdadero estado del terror

Hraigh
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Re: La Gran Marcha Hacia Ulthuan

Mensaje  Hraigh el Vie Jun 24, 2011 3:47 pm

II CAPÍTULO: EL DUELO



Mientras que Skabscror soltaba órdenes a sus subordinados, todos los skavens, incluidos los videntes, qué habían interrumpido el ritual, contemplaron a la flota de las cosas muertas. O más bien lo qué podían ver, ya qué cómo una polilla atraída por la luz, el cielo quedó cubierto de una densa capa de nubes negras qué Skabscror no sabía si o bien eran por los encantamientos de las cosas elfas o bien por las cosas muertas, fuese cual fuese el caso Skabscror sabía qué no estaban por pura casualidad. Los barcos del enemigo eran algo remotamente parecidos a los barcos de las cosas humanas, sólo que estaban totalmente podridos, de las antiguas velas cómo mucho solo quedaban palos partidos a la mitad qué debieron de ser en otra época los mástiles, estaban cubiertos de muchas cosas de lo más profundo del mar, los marineros (algunos con forma parecida a la de las cosas elfas y otros a las cosas humanas) habían dejado de vivir hacía mucho tiempo y, tal vez lo más inquietante de todo, que ninguno de sus tripulantes parecía manejarlos.

Tan solo soplaba un viento gélido qué parecía desgarrar el aire con sonidos vagamente parecidos a los de los esclavos al sufrir calamitosos tormentos. Entonces el señor de la guerra vio como varios barcos de su poderosa flota intentaban dar media vuelta para evitar un aciago destino. Skabscror, por suerte, sabía cómo elevar la moral skaven antes de las batallas (lo cual, por cierto, le había granjeado numerosas victorias y hecho también que se esparcieran rumores positivos para su ascensión) por lo que se dirigió gritando a sus lacayos:

-No os preocupéis, mis humildes camaradas- varios ojos dejaron de observar a la flota no muerta para posar miradas sorprendidas en el enviado del consejo de los trece. Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes, ya que podía sentir en la nuca hasta las miradas inquisitivas de los videntes-La Gran Rata Cornuda nos ha bendecido este día, ya que esa flota miserable sólo tiene un puñado de barcos podridos que no pueden equipararse a la grandiosidad de nuestra gran raza. Así pues yo os ordeno pelear en su nombre.

Aquello pareció animar a sus esbirros, ya que después de unos latidos de murmullos, los skavens se fijaron un poco más y todos pensaron al unísono (incluido Skabscror) que aquella seria una manera fácil de acumular gloria y poder para avanzar en la tortuosa sociedad skaven. De los primeros que parecieron fijarse en ese detalle fueron los miembros del clan Skyrre, que pusieron en las cubiertas gran parte de sus cañones de la disformidad y demás artillería infernal para bombardear al enemigo.

Viendo aquel despliegue de poder Skabscror no pudo menos que sonreír malignamente, pero se acordó en ese momento de su arma secreta. Señalo a varios esclavos para que fueran a las bodegas a sacarla a cubierta. Debido a su reticencia a arriesgar su vida, Skabscror tuvo que matar a un par de ellos para que el resto huyera con el rabo entre las patas hacia la bodega. Al fin y al cabo Skabscror no quería correr riesgos y su arma secreta había sido devastadora con anterioridad…

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Cuando Yvninn se asomó lentamente por la cubierta vivo de curiosidad no esperaba ver una cosa tan despreciable. Los barcos eran de mala calidad, no había ningún tipo de orden, los barcos daban vueltas en círculos y estaban totalmente llenos de ajetreo. A Yvninn no le gustó tampoco el aspecto de los skavens, que parecían unas ratas hechas para parodiar cruelmente al hombre. Innumerables chillidos de rata atravesaban el aire y vio cómo traían a las cubiertas extraños artefactos. Yvninn no tuvo duda de qué si hubiera estado vivo habría hecho hace tiempo un gesto de repugnancia ante la numerosa y miserable flota. Yvninn dio la orden a sus no muertos de disparar con sus arcos. No pudo evitar en aquel momento sentirse orgulloso, ya qué había tardado mucho tiempo en infundir a sus antiguos y muertos camaradas la idea de disparar. Por eso y por otros motivos Yvninn siempre procuraba saquear más las tumbas de los elfos que de los humanos, ya que estos últimos eran todavía más torpes y lentos muertos, aunque desde que fue derrotado en Athel Loren Yvninn tuvo que abandonar temporalmente la idea, aunque ahora qué iba a Ulthuan podría levantar más muertos para su causa…

Pero Yvninn dejó de recapacitar cuando tres muertos trajeron un cañón viejo y húmedo a la proa. Esa también era otra de sus grandes armas, ya qué cuando no explotaban o dejaban de funcionar por la humedad sus viejos cañones tileanos causaban más destrozos qué veinte espaderos elfos. Por suerte el cañón funcionó y sonó con un gran estallido, hundiendo un esquife de los skavens. Yvninn se acordó de que toda raza inferior dependía en gran medida de su líder, por lo qué buscó con la mirada al skaven más grande de todos y el que más ordenes estuviera gritando. Aquello le costó mucho tiempo, pero en medio de su búsqueda una gran explosión verde estalló justo a su lado. Yvninn, ligeramente sorprendido, observó que no había sido el cañón, sino los skavens, qué estaban bombardeándoles con una puntería dispar. Yvninn, aun así, siguió buscando, esta vez con más prisas, al líder skaven, hasta qué al fin lo encontró. Era, efectivamente más grande qué el resto y estaba en aquel momento enseñando todos sus dientes mientras miraba la flota no muerta buscando algo. Era de pelaje negro y llevaba una armadura roja y blanca oxidada con símbolos primitivos.
A Yvninn aquello le daba igual, ya qué no iba a dejar qué viviese. Buscó en su espalda hasta que encontró su ballesta. Tal vez cualquiera pensaría qué la ballesta no tenía nada especial y estaría en lo cierto, ya qué lo verdaderamente especial eran las flechas. Yvninn buscó hace un tiempo algo con lo qué poder auto infligirse tormentos y a la vez matar al enemigo a distancia. Había secuestrado ingenieros del Imperio y les había ordenado fabricarle una munición para sus flechas qué reuniese tales características. Yvninn todavía pudo acordarse de cuando habían intentado matarle con su arma, es más el cadáver de uno de ellos se encontraba al mando del cañón, contemplando los barcos hundidos a través de sus cuencas vacías y oscuras, pero de todas formas lo único qué consiguieron los ingenieros cautivos fue qué le ardiera media cara y llevara un pintoresco parche con forma de calavera en el ojo qué perdió, que aunque no lo necesitara, el consideró qué imponía bastante. Entonces, mientras levantaba y apuntaba con la ballesta, pensó qué el skaven no sabía lo qué le esperaba…

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Skabscror no la vio venir. Es más, casi le da, pero por suerte la Gran Rata Cornuda lo había mirado con buenos ojos aquel día. Aquello además le fue de gran ayuda, ya que por fin encontró al líder de las cosas muertas, sin el cual se suponía qué no deberían de levantarse más. Ordenó a VistaLarga qué le dijera de donde venía la flecha y entonces él le señalo rápidamente él barco más grande de todos, compuesto en gran parte por calaveras y muertos con una gran vela (la única vela) totalmente negra. Skabscror maldijo a sus compañeros por distraerle y ordenó a los ingenieros brujos qué disparan al barco. Entonces Skabscror se llevó la garra superior a su otra zarpa, qué goteaba de sangre, y, sin saber por qué, pensó qué el peligro no había acabado todavía…

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Yvninn soltó una maldición entre dientes, ya qué la flecha había errado por poco su inicial trayectoria. Aun así tampoco importaba mucho, ya qué la flecha no tardaría en estallar. Una vez qué lo señalo el jefe skaven dos rayos verdes impactaron en el mar a pocos metros de su barco. Iba a tener qué deshacerse de ellos si quería ganar aquella batalla.

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Sin saber por qué, Skabscror ordenó a un esclavo qué cogiera la flecha. Una vez qué el esclavo la cogió empezó a ponerse roja y finalmente estallo, carbonizándolo. Pero eso a Skabscror le daba igual, ya qué las llamas habían llegado a él. Desesperado, Skabscror dio media vuelta y se tiró al mar. Una vez en el mar y apagadas aquellas misteriosas y mágicas llamas, empezó a pensar en cómo volver a su barco y si Skreet no se aprovecharía de aquel altibajo…

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Yvninn empezó a preocuparse, ya que no sólo estaba sufriendo su flota una marea interminable de hechizos y rayos verdes, sino qué encima, para empeorar la situación el jefe skaven había sobrevivido y estaba subiendo ileso a uno de los agujeros del barco jefe roído y destartalado de los skavens. Yvninn se preguntó cómo habría sabido qué la única manera de apagar el fuego era con agua de mar, pero por lo menos había causado gran destrucción en el barco jefe y supuso qué debía oler a rata quemada. De repente oyó los chillidos de rata en su propia cubierta y observó con sorpresa como varios skavens qué habían estado escalando desde una pequeña balsa ahora intentaban desesperados combatir contra una horda de zombies tileanos. Yvninn soltó un grito de ultratumba y enseguida, tan rápido cómo llegaron huyeron tirándose por la borda. Yvninn sonrió, ya qué todos cayeron rápidamente al mar, ahogándose en el proceso.

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Cuando Skabscror apareció nervioso en la cubierta, empapado, oliendo a perro mojado y con porte desafiante, en el barco skaven empezaron a oírse cuchicheos y risillas, pero cuando Skabscror hizo qué su rata ogro Torturador despedazara a un caudillo se hizo el silencio. Skabscror sonrió y mandó a la tripulación continuar con sus quehaceres. Skabscror se enteró también del cobarde ataque y huida de los guerreros de Skreet y no pudo contenerse el lanzar otra risilla. Además el arma secreta ya estaba en la cubierta, dirigiendo miradas rabiosas a los tripulantes de su barco. Ahora ya sólo estaban a unos pocos metros del barco del jefe de manada de las cosas muertas. Las ratas ogro empezaron a rugir, pero Skabscror ordenó a los señores de las bestias qué las controlaran, ya qué lo último qué quería era a una rata ogro descontrolada, además de que no participarían en la batalla, ya qué podían destruir su futuro gran barco con sus estúpidas acciones, aunque bien sabía qué su arma secreta podía llegar a causar más destrucción. Escuchó cómo sus tocayos lanzaban gritos de impaciencia y el arma secreta era puesta en primera línea, según el plan. Por sexta vez desde qué había empezado la batalla, Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes…

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Yvninn era consciente de qué el gran barco skaven no era el único qué intentaba abordarlos, por lo qué solo ordenó a la mitad de sus marineros no muertos qué se prepararan para la batalla. Él mismo y su antigua guardia personal ocupaban las primeras líneas. Yvninn miró orgulloso a sus guardias. A pesar de estar muertos y de qué su rapidez era un pálido reflejo de la qué gozaron antaño, seguían siendo superiores a muchas razas en el combate cuerpo a cuerpo. Yvninn posó otra vez la mirada en la tripulación skaven. Unos skavens intentaron hacer funcionar un aparato extravagante, pero en el último momento este explotó, llevándose a la muerte a varios skavens.

Yvninn se quedó sorprendido de cómo podía seguir existiendo una raza tan estúpida sobre la tierra. Superó incluso el sentimiento parecido al desprecio qué sintió cuando se enfrentó en su sexta batalla portando la maldición contra el clan Martom de los enanos. Cuando los skavens bajaron los puentes de abordaje roídos un pequeño silencio cundió entre los skavens. Vio cómo varios se apartaban temerosos cuándo pusieron en los puentes skavens muy raros. Iban atados de pies y manos, acompañados por un puñado de skavens temblorosos. Aquellos skavens estaban completamente locos. No paraban de babear y soltar chillidos alocados indescriptibles. Tenían la mirada completamente loca y la mayoría de ellos eran completamente escuálidos. Entonces los skavens temblorosos liberaron de sus ataduras a aquellos chiflados y salieron corriendo mientras en el barco skaven se tiraban los puentes al mar. Los skavens locos, al no tener más remedio, salieron corriendo hacia sus filas.

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Skabscror estaba ahora gozando del momento. Por tercera vez desde qué hizo aquel descubrimiento se dijo así mismo qué era el más astuto de todos los seres, después de la Gran Rata Cornuda, por supuesto. Todo empezó un día, en el cual se fijó en las costumbres skavens, especialmente del Hambre Negra, ley según la cual los skavens necesitaban ingerir grandes cantidades de comida. Entonces el pensó qué podía tener utilidad estratégica, por lo qué decidió qué después de todas las batallas capturaría a varios skavens antes de alimentarse de los caídos. Cuando los tuvo encerrados durante tres días a sus skavens y los lanzó por primera vez contra los orcos tuvieron un éxito absoluto, derribando y comiendo desesperados a los orcos. En su segundo experimento contra los enanos del clan Martom acabaron muriendo, pero hicieron una buena masacre. Ahora a pesar de lo qué le había costado atar a los “hambrientos”, cómo él los apodaba, y mantenerlos alejados del resto de la tripulación ahora sus cuarenta “hambrientos” iban a demostrar su eficacia.

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Yvninn clavó su espada llena de runas en la cabeza del primero. Luego el segundo se abalanzó contra él, pero Yvninn pensó que por fin podría acabar con su pesadilla y su maldición. No notó siquiera el mordisco desesperado del skaven, pero si qué notó las babas caerle en la mejilla y acabó pensando en qué aquella no era una buena forma de morir, por lo qué le dio un puñetazo en la mandíbula al engendro y lo sacudió con una patada. Mientras el skaven se acariciaba los dientes rotos, el elfo maldito cogió su espada y lo ensartó como un pollo. Otro skaven corrió a por el general no muerto, pero Yvninn lo cogió de la cabeza y lo arrojó al mar. Otro skaven saltó hacia él, pero el elfo lo cogió por la garganta en el aire y le estrujó la cabeza entera. Yvninn se apartó entonces para ver el combate. Los skavens locos habían causado gran destrucción y casi habían destruido a su guardia personal que aunque se levantaba por la presencia del vampiro al poco rato volvían a caer destrozados por los zarpazos hiperactivos de los engendros, que ya empezaban a roer los huesos de los muertos y devorar a los caídos. Cuando no quedaban muchos skavens locos, sus compañeros bajaron los puentes de abordaje otra vez y entraron triunfantes destrozando huesos y más no muertos. Yvninn encabezó un ataque contra otra ola de ratas qué subía desde un pequeño esquife y intentaba acceder al puente principal. Yvninn pudo distinguir al jefe skaven en la retaguardia machacando a lo poco que quedaba de su guardia personal qué seguía intentando volverse a levantar. El elfo maldito le sacudió un codazo a un skaven qué le venía por detrás y le daba un zarpazo a otro qué hizo qué salpicara sangre por todas las partes. Entonces otro skaven se le lanzó por detrás, intentando acuchillarle sin éxito. Cuando Yvninn lo estrelló contra la pared de su barco llenándole su elaborada capa azul oscuro de sangre negra, Yvninn pensó si seguir peleando o escapar pero al final decidió escapar aprovechándose de la confusión reinante en una balsa qué tenía reservada para esos casos, prometiendo venganza contra los skavens…

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Re: La Gran Marcha Hacia Ulthuan

Mensaje  Hraigh el Vie Jun 24, 2011 3:47 pm

III PARTE: LA TORMENTA


Una vez que de la flota de las cosas muertas solo quedaron viejas tablas cubiertas de cosas del mar, los skavens retomaron su marcha hacia la tierra de las cosas élficas. Skabscror adquirió más fama y veneración y empezaron a correr los rumores de que había sido bendecido por la Gran Rata Cornuda, aunque también corrían rumores de que el líder de las cosas muertas había escapado, jurando venganza contra toda la raza skaven. Estos últimos no le importaban mucho a Skabscror, qué ya estaba pensando en conquistar todo lo que se le pusiera de antojo. Había mandado capturar a varios skavens para qué se convirtiesen en hambrientos y ya había tenido una audiencia a través de un chillalejos con el consejo de los trece, en la cual Skabscror se esforzó al máximo por desmentir los rumores acerca de posibles supervivientes y qué el plan iba según lo previsto. El consejo, aun así, había decidido qué si Skabscror tenía éxito en su misión enviarían refuerzos para asegurar la punta de lanza. Ahora Skabscror observaba el cielo desde la cubierta temeroso. Los videntes estaban preparando un hechizo descomunal para abrir las defensas mágicas temporalmente y poder llegar al acantilado oculto. Skabscror había ordenado a sus lacayos avanzar rápido, ya qué las aguas estaban empezando a agitarse, mientras los cielos se iban tiñendo con nubes amenazantes de tormenta y la niebla se formaba alrededor suya. Skabscror elevó una plegaria a la Gran Rata Cornuda para qué los incompetentes de los videntes no fallaran en su objetivo.

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El vidente gris Squeweel observó con ojos paranoicos y cautelosos a sus otros cinco compañeros. Ya habían formado el círculo mágico del cual no deberían moverse ni en mil latidos y habían consumido una cantidad ridículamente grande de piedra de la disformidad. El pelaje de Squeweel empezó a crisparse mientras de su boca babeante surgían las palabras necesarias para, cómo lo había llamado el después de una consabida discusión (los guardaespaldas de Squeweel llegaron primero) el Gran Hechizo de Squeweel. Al fin y al cabo había sido su lúcida mente la qué descubrió cómo hacer el hechizo y habían sido él y el consejo de videntes los qué eligieron los videntes. La verdad es que Squeweel lo hizo por causas políticas, ya qué Hrik y Sorrk sólo pensaban en torturar almas ajenas, Kritt se había vuelto tan obeso después de su viaje al pozo Infernal qué apenas veía sus garras inferiores, mientras que Fdrik estaba lo bastante ocupado intentando dominar el arte de consumir piedra de la disformidad cómo para conspirar. Los únicos qué podrían disputarle el mando cómo segundo (o primero si Skabscror sufría un accidente) eran el vidente "inquisidor" Horrk, Skreet, y Molkit. Squeweel ya tenía planes para estos dos últimos, pero Horrk era otro hueso muy duro de roer, a pesar de ser inferior a él. Además el problema de Skabscror ya iba a ser dentro de poco eliminado. Squeweel sonrió salvajemente y siguió con el ritual.

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Diario del conde Sigismund del Imperio: Le trippulaciccón ya está celebrando una festa dan la bodga. Yo me unir dentr de pocorl, nada más termine di iscribir esti malditti dieirio. Nous emos prrrrometio a le praincip brothe mi k irmos a negosiar kon los lagrtos de lustr. Io mi prgonto si les gustarn elr vinorr. Pr cirto k mndeeee esss carrt cuand sssstaba (tngo k ir nsaiaiaindo la prnunciacioni, k sssssi no no mi entiend lorsk lagrtos) borrasho. Obviimente cundo scribo borrraasho sssssuelo comter aluna falha, pero ste no esrl elr cassssssorl. Ahorrra miss marrienerosss m dcennn que emosss encontrao un nafrago. Verre sirs esrl comestiblerrrl...hmmmm


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A pesar de la cada vez más espesa niebla Yvninn llegó al barco de los humanos. Cuando estos le ayudaron a subir, Yvninn se sorprendió sobremanera al observar qué los muy estúpidos navegaban en medio de la inminente tormenta estúpidamente borrachos. Todos tenían los mofletes rojos de tanto beber, y cuando lo recibió el capitán, Yvninn se sorprendió todavía más cuando un humano gordo, totalmente ebrio, vestido con ropas de lujo y con gesto entre bonachón y hambriento le recibió en la cubierta y en medio de sus delirios de borracho (cómo por ejemplo la insistente pregunta de si era comestible) le dijo qué era el capitán. Yvninn, confiado, pensó qué podría matar a todos aquellos estúpidos y huir el sólo con el barco cuando la maldición empezó a hacer mella en él. Una docena de fantasmas moribundos le asaltaron la mente y el cuerpo por dentro, intentando volverlo loco o matarlo. Yvninn no se había acostumbrado todavía a aquellas incursiones fantasmales y sabía qué nunca lo haría. Se llevó desesperado las manos a las blancas sienes y soltó un grito infernal qué retumbó en los tímpanos de los humanos. Estos, sorprendidos, no pudieron siquiera reaccionar, ya qué una horda de skavens había entrado a cubierta.

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Skabscror se metió algo asustado en su confortable madriguera. Esta estaba llena de trastos inservibles, ratas y el cadáver del antiguo capitán postrado en la roída mesa. Skabscror iba a asomarse por la ventana simuladamente cuando percibió qué algo no iba bien. Podía percibir a alguien entre las sombras, pero antes de preguntárselo a sí mismo y poner la zarpa sobre su serrada espada un skaven vestido de harapos negros y con un cuchillo en cada mano salió de entre las sombras ¡Un asesino del clan Eshin! Skabscror esquivó milagrosamente el ataque y sacó su espada. El asesino atacó otra vez, furioso por el fallo. Esta vez el señor de la guerra estaba más preparado y paró los golpes con la espada. El asesino se escabulló entre las sombras, forzando a Skabscror a ponerse contra la pared, pero este vio sus intenciones, se adelantó y le cortó una mano. El asesino se retiró dolorido a la oscuridad, mientras Skabscror alzaba victorioso su espada para intentar rebanarle el pescuezo al asesino.




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Squeweel alzó una vez más el báculo, luchando contra el hechizo élfico. Los demás videntes también sudaban y babeaban, recitando el ritual del hechizo. Los demás skavens intentaron alejarse, asustados por tal despliegue mágico. El agua entraba a borbotones y ya había hundido varios esquifes pequeños. Fdrik cayó inmóvil al suelo, consumido por el hechizo, mientras el barco sufrió una terrible embestida por una ola.

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La breve sacudida qué sufrió el barco hizo qué Skabscror se cayera al suelo. El asesino intentó clavarle en su caída una puñalada, pero esta sólo le hizo una leve herida gracias a la armadura. Mientras Skabscror reaccionaba, levantándose del suelo, vio cómo otro asesino surgía de entre las sombras. Skabscror intentó hacerse a un lado, pero el segundo asesino logró aún así causarle otra pequeña herida en la zarpa. Skabscror embistió al primer asesino para cubrirse de las furiosas acuchilladas. Antes de qué el primer asesino supiera qué pasaba, Skabscror ya se había levantado y había cogido un escudo viejo para cubrirse de las estrellas arrojadizas qué le lanzó el otro miembro del clan Eshin. Mientras intentaba escabullirse entre las sombras, otra ola sacudió el barco, haciendo qué volvieran a caerse al suelo. El señor de la guerra cogió una vieja pistola bruja y disparó contra el segundo asesino. Este esquivó el disparo y intentó abrirse paso, pero esta vez Skabscror acertó. Mientras el skaven era derribado, Skabscror reaccionó al fin y llamó a sus guardaespaldas. El primer asesino logró por fin levantarse y se lanzó enojado hacia su objetivo. Skabscror intentó matarlo desesperado con su espada, pero el asesino lo esquivó y le clavó un puñal en la pierna. Skabscror soltó un alarido y logró por fin matarlo. Mientras sus alimañas de armadura carmesí mataron al otro asesino. Skabscror miró con crueldad el escenario, todavía confundido. En esas estaba cuando sintió qué una estrella impregnada de veneno se le clavaba en la espalda. Miró al ojo de buey rápidamente y observó frustrado cómo un tercer asesino de aquella tríada se escabullía.


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Squeweel sonrió. En otra muestra del increíble intelecto skaven habían logrado controlar temporalmente las defensas mágicas, pero ahora debían de darse prisa. Era verdad qué en su proceso parte de la flota había sido hundida o se había perdido, pero suponían solo una pequeña parte de su glorioso ejército. Ahora ya sólo tenía qué esperar a las buenas nuevas de la tríada del clan Eshin...

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Skabscror observó desesperado a la estrella impregnada de un veneno verde. Podía sentir el veneno en el cuerpo, pero no acababa de saber lo qué era y por qué no estaba muerto. Entonces oyó en su mente una voz de ultratumba "¿Skabscror, cómo van las cosas? Ya sabes qué no consiento fallos..."
-Oh no, Garrac, estoy siguiendo con el plan previsto en nombre de la Gran Rata Cornuda
"Me da igual en nombre de quién lo hagas. Sólo quiero qué lo hagas. Y también he percibido tus males." un suspiro retumbó en su cabeza" De momento me eres más útil vivo. Lo tuyo es un veneno de largo plazo. Si quieres curarte, en la ciudadela de Athel Amaraya encontrarás el antídoto en el edificio de las puntas cristalinas. Una vez qué te "cures" acuérdate de tu misión..." Skabscror se sintió aliviado cuando la "comunicación" terminó. No le gustaba nada aquel pacto, pero al fin y al cabo la recompensa sería muy grande...
IV PARTE: EL ACANTILADO SECRETO


A pesar de la inutilidad de los skavens navegando al final lograron llegar relativamente rápido al acantilado. Skabscror ya estaba ansioso por poner sus garras inferiores en la tierra de las cosas élficas, pero aún así no había perdido estúpidamente su inteligencia, por lo qué puso delante de su barco una docena de esquifes y barcos abarrotados de guerreros y esclavos de los clanes menores. Fue en ese momento cuándo se preguntó donde estarían Molkit y su ignorada flotilla. Dejo de darle importancia de inmediato, ya qué tenía qué recapitular sobre quién podría haber contratado a los asesinos. Tenía qué ser alguien muy cercano y, debido al veneno de largo plazo supuso en seguida qué tenía qué ser alguien qué esperaría a qué muriese para luego llevarse los despojos de la victoria.

Era un plan diabólico, pero a la vez astuto. En esas estaba Skabscror cuándo entraron en la gran caverna escondida. Era un acantilado gigantesco, de varias escabullidas de alto y la gran caverna era una obra geológica qué parecía más bien obra de un dios amante de la escultura. El agua del mar se reflejaba y las olas más parecían acariciar las paredes qué querer golpearlas. Las paredes estaban llenas de pequeños recovecos y cuevas de pequeño tamaño y las estalagmitas eran grandes cómo columnas y delgadas cómo pinceles. La caverna era de suficiente tamaño cómo para qué cupiera una flota tres veces más grande qué la qué en aquellos instantes entraba triunfante. Justo al final de la gruta había una especie de cuenca del tamaño de un pueblo. A Skabscror le pareció ver en la orilla había algo sospechoso, pero le quitó importancia, ya qué la futura perspectiva de conquistar todo lo que se le pusiera al antojo le ocupó totalmente sus pensamientos.

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Kaldorian observó con cierta intranquilidad desde su posición en la torre oculta de la orilla a la flota de los hombres rata. El mago Ydolrian había sido muy sabio al confiarle a él y a su guardia del mar de Lothern la misión de proteger aquella oculta caverna. En los doscientos años qué llevaban ahí ya habían rechazado varios ataques de los bárbaros humanos y de sus odiados primos, pero aquel ataque se llevaba la palma. Una docena de esquifes avanzaba por el río, precediendo a un barco de gran tamaño lleno de hombres rata, y, si las suposiciones de Kaldorian no eran incorrectas debían de haber centenares de barcos más. Habían enviado un mensajero a Athel Amaraya, avisando del ataque. Con un sólo gesto desesperanzado de Kaldorian los elfos se pusieron en sus posiciones, y mientras tensaban los arcos cinco lanzavirotes ocultos apuntaban a los barcos más pequeños. Kaldorian y su guardia no se habían rendido en sus doscientos años de vigilia y no lo harían ahora.

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Natgarion observó fríamente a sus camaradas sombríos. Todos tenían los ojos puestos en la flota de los hombres rata, esperando con ansiedad qué los odiadas ratas se pusieran a tiro para teñir de sangre el mar. Natgarion había dividido a sus cincuenta sombríos en dos bandas, cada una en un borde de la cueva. Kthellar lideraba la otra. No se equivocaban cuándo creyeron qué iba a terminar habiendo un ataque a la gruta, pero ni de lejos habían pensado qué un número tan grande de miserables barcos pudiera atravesar las defensas mágicas, por lo que Natgarion tuvo la sensación de qué había magia negra de por medio. Se habían escondiDo tan bien entre los recovecos qué ni siquiera la guardia del mar se había enterado de su presencia. Con una orden silenciosa de Kthellar y Natgaron los arcos blancos liberaron sus flechas negras sobre los patéticos hombres rata.

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Desde su posición en el ya desaparecido círculo mágico Squeweel pudo ver cómo varios skavens eran atravesados por flechas negras. Antes de qué pudiera ordenar nada Skabscror(qué para rabia suya seguía vivo) mandó a sus mosquetes jezzail disparar sobre los posibles sitios desde donde los acechantes y misteriosos enemigos estuvieran disparando la lluvia de flechas. Cuándo una flecha se estrelló cerca de Squeweel, este empezó a pensar qué ya iba siendo hora de ponerse a cubierto...

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Skabscror miró frenéticamente a sus subordinados qué seguían todavía vivos. Por si no bastara con los enemigos misteriosos de los flancos, un pequeño ejército de las cosas elfas les recibía con otra ola de disparos y varias grandes cosas puntiagudas hundían un puñado de barcos. Un cañón de la disformidad fue sacado a cubierta, para gran expectación de los skavens presentes. Skabscror ordenó eufórico qué dispararan al flanco izquierdo. A pesar de su euforia, se acordó de ordenar lanzar a sus cañones disparar sólo un puñado de rayos, ya qué la perspectiva de morir aplastado por una roca no le entusiasmaba mucho.

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Natgarion no tuvo tiempo siquiera de decir nada cuándo uno de aquellos infernales cañones disparó y estalló con una explosión verde sobre tres sombríos. Con algo de entusiasmo pudo ver cómo una roca caía y hundía un barco, pero eso no recuperaría a sus tres fallecidos camaradas. Entonces, mientras disparaba, vio a un mago despreciable de los hombres rata con pelaje albino qué enfocaba con su báculo a Kthellar, qué en un descuido se había quedado a cubierto. Antes de qué la flecha se clavara en la espalda del miserable, a este le dio tiempo a, con una sonrisa dibujada en su mandíbula, lanzar un rayo verde qué hizo volar por los aires a Kthellar y otros dos sombríos. A Natgarion le resbaló una lágrima por la mejilla por la reciente muerte de su compañero de armas desde la infancia y volvió a disparar, cada vez más lleno de furia, a los miserables hombres rata, pero todo ello sin hacer más ruido qué el de su fino arco plateado al tensarse.

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Kaldorian ordenó a tres partes de su fuerza, es decir, una cincuentena de elfos, cargar con las lanzas en ristre sobre los hombres rata qué acababan de desembarcar en la orilla. Mientras lideraba la delgada línea de batalla, se volvió a preguntar qué hacían los sombríos tan lejos de su patria, pero volvió a responderse a sí mismo qué los crueles sombríos defendían toda Ulthuan del inminente peligro. Los derrumbes qué los skavens habían causado estúpidamente con su maquinaria infernal habían hundido a varios barcos, y los hombres rata, desesperados por huir, habían sido arrastrados a la costa cómo por obra del mismísimo Malekith. Mientras un hombre rata se levantaba mojado y jadeando, Kaldorian aprovechó para cortarle la cabeza con su espada llena de runas elfas.
Sus elfos mataron disciplinadamente a otros, tanto con el escudo y la lanza, cómo con el arco, pero varios hombres rata se aprovecharon de su confianza en su habilidad para acuchillar a tres elfos y hacer qué el resto aprendiese la lección y lucharan con más cuidado. Un virote de uno de los lanzavirotes hundió a otro esquife, pero entonces otro rayo más cruzó el aire y destruyó a la penúltima pieza de artillería, mientras otro causaba una explosión en el frente de batalla qué hizo qué murieran hombres rata y elfos por igual. Kaldorian ordenó otra carga mientras el barco grande arrivaba al fin a la costa.

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Skabscror puso triunfante sus garras sobre Ulthuan después de una ola de guerreros del clan Mors. La muerte del vidente loco Hirrk había hecho qué se escabullera detrás de Torturador. A este último parecían rebotarle las flechas en su dura piel, por lo qué otros skavens intentaron seguir el ejemplo de su líder, pero cuándo el señor de la guerra cortó un par de cabezas el resto abandonaron la idea. Skabscror ordenó también a sus guerreros atacar contra las cosas elfas.
Ahora se hallaban en un sangriento combate, donde las filas ordenadas de las cosas elfas rechazaban ola tras ola de skavens. Skabscror ordenó a los lanzadores de gas envenenado lanzar su mortífera munición, causando bajas en los dos bandos. La tormenta de flechas misteriosas seguía, pero ya no le importaba, ya qué sólo quedaba una cuarentena de elfos entre él y su inevitable triunfo en los anales de la historia skaven. Confiado por su superioridad avanzó al centro de batalla junto a sus guardaespaldas, inclinando la balanza hacia el triunfo de Skabscror. Aquel iba a ser un gran día.

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Natgarion siguió atormentando a los miserables siervos del mal, cada vez más furioso y sin importarle qué la docena de sombríos que quedaban en su lado pensaran en el fondo de sus corazones sí iban a vivir o no y la otra docena restante del otro lado pensara si irían a sufrir el mismo destino qué el pobre Kthellar. Entonces Natgarion ordenó a sus camaradas sacar las espadas, ya qué una horda de hombres rata vestidos con harapos negros les atacaron. A pesar de estar en aplastante inferioridad numérica contra los esquivos infiltrados, hicieron pagar cada uno caras sus vidas. Natgarion furioso mató a siete enemigos antes de qué le clavaran un puñal por la espalda y Natgarion riera pensando en su futuro encuentro con Kthellar en el otro mundo.

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Kaldorian hizo una carga suicida contra el jefe de las ratas. Aunque era obviamente un suicidio los otros guardias no se lo pensaron dos veces y lo siguieron en su carga. Mientras su guardia iba cayendo acuchillada por las alimañas innumerables qué se les abalanzaron. Pero, imbuido con la fuerza de la desesperación, Kaldorian se abrió paso hasta un hombre rata alto, de pelaje negro y armadura carmesí y blanca oxidada. Este pareció tan sorprendido por la inutilidad de sus lacayos qué casi no esquivó el mandoble del elfo. El capitán guardián de Lothern volvió a intentar atacar, pero una alimaña le clavó su alabarda en un costado. Mientras Kaldorian caía de rodillas al suelo y se llevaba una mano a su herida, el líder volvió a acercársele triunfante, con una mirada mezquina en sus ojos. Antes de alzar su espada para corarle el cuello a Kaldorian, el hombre rata pronunció con voz chillona en un burdo intento de hablar en Reikspiel:
-Tú serás el primero en caer en nombre de la Gran Rata Cornuda


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Re: La Gran Marcha Hacia Ulthuan

Mensaje  Hraigh el Jue Jun 30, 2011 4:46 pm

IV PARTE: EL ACANTILADO SECRETO


A pesar de la inutilidad de los skavens navegando al final lograron llegar relativamente rápido al acantilado. Skabscror ya estaba ansioso por poner sus garras inferiores en la tierra de las cosas élficas, pero aún así no había perdido estúpidamente su inteligencia, por lo qué puso delante de su barco una docena de esquifes y barcos abarrotados de guerreros y esclavos de los clanes menores. Fue en ese momento cuándo se preguntó donde estarían Molkit y su ignorada flotilla. Dejo de darle importancia de inmediato, ya qué tenía qué recapitular sobre quién podría haber contratado a los asesinos. Tenía qué ser alguien muy cercano y, debido al veneno de largo plazo supuso en seguida qué tenía qué ser alguien qué esperaría a qué muriese para luego llevarse los despojos de la victoria.

Era un plan diabólico, pero a la vez astuto. En esas estaba Skabscror cuándo entraron en la gran caverna escondida. Era un acantilado gigantesco, de varias escabullidas de alto y la gran caverna era una obra geológica qué parecía más bien obra de un dios amante de la escultura. El agua del mar se reflejaba y las olas más parecían acariciar las paredes qué querer golpearlas. Las paredes estaban llenas de pequeños recovecos y cuevas de pequeño tamaño y las estalagmitas eran grandes cómo columnas y delgadas cómo pinceles. La caverna era de suficiente tamaño cómo para qué cupiera una flota tres veces más grande qué la qué en aquellos instantes entraba triunfante. Justo al final de la gruta había una especie de cuenca del tamaño de un pueblo. A Skabscror le pareció ver en la orilla había algo sospechoso, pero le quitó importancia, ya qué la futura perspectiva de conquistar todo lo que se le pusiera al antojo le ocupó totalmente sus pensamientos.

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Kaldorian observó con cierta intranquilidad desde su posición en la torre oculta de la orilla a la flota de los hombres rata. El mago Ydolrian había sido muy sabio al confiarle a él y a su guardia del mar de Lothern la misión de proteger aquella oculta caverna. En los doscientos años qué llevaban ahí ya habían rechazado varios ataques de los bárbaros humanos y de sus odiados primos, pero aquel ataque se llevaba la palma. Una docena de esquifes avanzaba por el río, precediendo a un barco de gran tamaño lleno de hombres rata, y, si las suposiciones de Kaldorian no eran incorrectas debían de haber centenares de barcos más. Habían enviado un mensajero a Athel Amaraya, avisando del ataque. Con un sólo gesto desesperanzado de Kaldorian los elfos se pusieron en sus posiciones, y mientras tensaban los arcos cinco lanzavirotes ocultos apuntaban a los barcos más pequeños. Kaldorian y su guardia no se habían rendido en sus doscientos años de vigilia y no lo harían ahora.

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Natgarion observó fríamente a sus camaradas sombríos. Todos tenían los ojos puestos en la flota de los hombres rata, esperando con ansiedad qué los odiadas ratas se pusieran a tiro para teñir de sangre el mar. Natgarion había dividido a sus cincuenta sombríos en dos bandas, cada una en un borde de la cueva. Kthellar lideraba la otra. No se equivocaban cuándo creyeron qué iba a terminar habiendo un ataque a la gruta, pero ni de lejos habían pensado qué un número tan grande de miserables barcos pudiera atravesar las defensas mágicas, por lo que Natgarion tuvo la sensación de qué había magia negra de por medio. Se habían escondiDo tan bien entre los recovecos qué ni siquiera la guardia del mar se había enterado de su presencia. Con una orden silenciosa de Kthellar y Natgaron los arcos blancos liberaron sus flechas negras sobre los patéticos hombres rata.

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Desde su posición en el ya desaparecido círculo mágico Squeweel pudo ver cómo varios skavens eran atravesados por flechas negras. Antes de qué pudiera ordenar nada Skabscror(qué para rabia suya seguía vivo) mandó a sus mosquetes jezzail disparar sobre los posibles sitios desde donde los acechantes y misteriosos enemigos estuvieran disparando la lluvia de flechas. Cuándo una flecha se estrelló cerca de Squeweel, este empezó a pensar qué ya iba siendo hora de ponerse a cubierto...

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Skabscror miró frenéticamente a sus subordinados qué seguían todavía vivos. Por si no bastara con los enemigos misteriosos de los flancos, un pequeño ejército de las cosas elfas les recibía con otra ola de disparos y varias grandes cosas puntiagudas hundían un puñado de barcos. Un cañón de la disformidad fue sacado a cubierta, para gran expectación de los skavens presentes. Skabscror ordenó eufórico qué dispararan al flanco izquierdo. A pesar de su euforia, se acordó de ordenar lanzar a sus cañones disparar sólo un puñado de rayos, ya qué la perspectiva de morir aplastado por una roca no le entusiasmaba mucho.

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Natgarion no tuvo tiempo siquiera de decir nada cuándo uno de aquellos infernales cañones disparó y estalló con una explosión verde sobre tres sombríos. Con algo de entusiasmo pudo ver cómo una roca caía y hundía un barco, pero eso no recuperaría a sus tres fallecidos camaradas. Entonces, mientras disparaba, vio a un mago despreciable de los hombres rata con pelaje albino qué enfocaba con su báculo a Kthellar, qué en un descuido se había quedado a cubierto. Antes de qué la flecha se clavara en la espalda del miserable, a este le dio tiempo a, con una sonrisa dibujada en su mandíbula, lanzar un rayo verde qué hizo volar por los aires a Kthellar y otros dos sombríos. A Natgarion le resbaló una lágrima por la mejilla por la reciente muerte de su compañero de armas desde la infancia y volvió a disparar, cada vez más lleno de furia, a los miserables hombres rata, pero todo ello sin hacer más ruido qué el de su fino arco plateado al tensarse.

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Kaldorian ordenó a tres partes de su fuerza, es decir, una cincuentena de elfos, cargar con las lanzas en ristre sobre los hombres rata qué acababan de desembarcar en la orilla. Mientras lideraba la delgada línea de batalla, se volvió a preguntar qué hacían los sombríos tan lejos de su patria, pero volvió a responderse a sí mismo qué los crueles sombríos defendían toda Ulthuan del inminente peligro. Los derrumbes qué los skavens habían causado estúpidamente con su maquinaria infernal habían hundido a varios barcos, y los hombres rata, desesperados por huir, habían sido arrastrados a la costa cómo por obra del mismísimo Malekith. Mientras un hombre rata se levantaba mojado y jadeando, Kaldorian aprovechó para cortarle la cabeza con su espada llena de runas elfas.
Sus elfos mataron disciplinadamente a otros, tanto con el escudo y la lanza, cómo con el arco, pero varios hombres rata se aprovecharon de su confianza en su habilidad para acuchillar a tres elfos y hacer qué el resto aprendiese la lección y lucharan con más cuidado. Un virote de uno de los lanzavirotes hundió a otro esquife, pero entonces otro rayo más cruzó el aire y destruyó a la penúltima pieza de artillería, mientras otro causaba una explosión en el frente de batalla qué hizo qué murieran hombres rata y elfos por igual. Kaldorian ordenó otra carga mientras el barco grande arrivaba al fin a la costa.

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Skabscror puso triunfante sus garras sobre Ulthuan después de una ola de guerreros del clan Mors. La muerte del vidente loco Hirrk había hecho qué se escabullera detrás de Torturador. A este último parecían rebotarle las flechas en su dura piel, por lo qué otros skavens intentaron seguir el ejemplo de su líder, pero cuándo el señor de la guerra cortó un par de cabezas el resto abandonaron la idea. Skabscror ordenó también a sus guerreros atacar contra las cosas elfas.
Ahora se hallaban en un sangriento combate, donde las filas ordenadas de las cosas elfas rechazaban ola tras ola de skavens. Skabscror ordenó a los lanzadores de gas envenenado lanzar su mortífera munición, causando bajas en los dos bandos. La tormenta de flechas misteriosas seguía, pero ya no le importaba, ya qué sólo quedaba una cuarentena de elfos entre él y su inevitable triunfo en los anales de la historia skaven. Confiado por su superioridad avanzó al centro de batalla junto a sus guardaespaldas, inclinando la balanza hacia el triunfo de Skabscror. Aquel iba a ser un gran día.

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Natgarion siguió atormentando a los miserables siervos del mal, cada vez más furioso y sin importarle qué la docena de sombríos que quedaban en su lado pensaran en el fondo de sus corazones sí iban a vivir o no y la otra docena restante del otro lado pensara si irían a sufrir el mismo destino qué el pobre Kthellar. Entonces Natgarion ordenó a sus camaradas sacar las espadas, ya qué una horda de hombres rata vestidos con harapos negros les atacaron. A pesar de estar en aplastante inferioridad numérica contra los esquivos infiltrados, hicieron pagar cada uno caras sus vidas. Natgarion furioso mató a siete enemigos antes de qué le clavaran un puñal por la espalda y Natgarion riera pensando en su futuro encuentro con Kthellar en el otro mundo.

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Kaldorian hizo una carga suicida contra el jefe de las ratas. Aunque era obviamente un suicidio los otros guardias no se lo pensaron dos veces y lo siguieron en su carga. Mientras su guardia iba cayendo acuchillada por las alimañas innumerables qué se les abalanzaron. Pero, imbuido con la fuerza de la desesperación, Kaldorian se abrió paso hasta un hombre rata alto, de pelaje negro y armadura carmesí y blanca oxidada. Este pareció tan sorprendido por la inutilidad de sus lacayos qué casi no esquivó el mandoble del elfo. El capitán guardián de Lothern volvió a intentar atacar, pero una alimaña le clavó su alabarda en un costado. Mientras Kaldorian caía de rodillas al suelo y se llevaba una mano a su herida, el líder volvió a acercársele triunfante, con una mirada mezquina en sus ojos. Antes de alzar su espada para corarle el cuello a Kaldorian, el hombre rata pronunció con voz chillona en un burdo intento de hablar en Reikspiel:
-Tú serás el primero en caer en nombre de la Gran Rata Cornuda


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Re: La Gran Marcha Hacia Ulthuan

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