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La Gloria de Eisental - Vigésimo tercer torneo.

Miér Ene 04, 2012 10:10 am por Jodri Rompehierro

Los juglares se encargan de llevar las noticias aquellos que no saben leer, y con sus cánticos transmiten toda la información. Esta vez cantan himnos de guerra, de lucha y combate. Pero más allá de su exagerada visión, comentan el que será el vigésimo tercer torneo de Eisental:


La Gloria …


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Comentarios: 5

Para todos los usuarios.

Mar Ene 03, 2012 6:59 pm por Jodri Rompehierro

¡Muy buenas mis pequeños y Feliz Año Nuevo para todos!

Empezamos un año nuevo, y mi primera impresión no ha sido muy buena… Puede que esté confundido, o espere demasiado… Pero es lo que me parece y me cuesta decirlo… No sé si entenderéis a lo que me refiero.

En fin, aparte de …

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Comentarios: 9

Un día especial

Mar Oct 25, 2011 7:05 am por Jodri Rompehierro

Un día especial


Saludos a todos y a cada uno de vosotros. Hoy es un día muy especial, y en nombre de todos los administradores tengo que contaros algo. Esta vez no voy a narrar ningún combate, ni a rolear con vosotros. Creo que lo que voy a deciros es más importante. Algo dentro de mí me …

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La vida en 40K

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La vida en 40K

Mensaje  Hraigh el Vie Jun 24, 2011 3:45 pm

Número 343 miró de forma indiferente a sus “camaradas”. Todos iban encapuchados con capuchas sucias y desteñidas que casi habían perdido pro completo su color, antaño blanco. Los jorobados esclavos vestían ropajes mínimos y en toda ocasión bastante pobres, unifromes vagamente parecidos a las levas de soldados que el Imperio levantaba en horas de máxima necesidad para defender el planeta, solo que aquella no era una leva de soldados. Era una leva de esclavos, que con sus brazos fuertes y resistentes de trabajar en las minas llevaban toscas armas de disparo y de combate de las que hasta los Antiguos habrían palidecido de vergüenza. Sus cicatrices no eran de batalla, sino de eclavitud, y sus deformidades no eran heridas, sino mutaciones genéticas. Ninguno de ellos tenía la culpa de su situación, pero obviamente los predicadores de ropones rojos no pensaban de tal manera.
Número 343 miró al predicador que habían asignado a su “escuadra”, si es que la masa informe y automática que conformaban sus camaradas temporales era una escuadra. A lo lejos el enemigo, embestido en armaduras brillantes y doradas, bombardeaba con “palos” largos a la ingente masa de miles de esclavos. El predicador, mientras, no dejaba de repetirles las mismas palabras una y otra vez:
“Si queréis que el Emperador se digne siquiera a mirar por encima del hombro vuestras jorobas imperfetas, tenéis que sacrificaros en su nombre, y la vida será la primera opción. Por que, recordad, vuestras vidas no valen nada”
Al esclavo esas palabras le interesaban. Obtener el perdón de alguien, fuera quien fuera, hacía que número 343 se excitase ante la idea y levantara su arma con entusiasmo. No sabía quien era ese Emperador, pero si era alguien poderoso tal vez podría curar su imperfección genética, y entonces podría luchar de forma correcta y trabajar en las fábricas de manera adecuada, sin sufrir siquiera sudor, o esa era su idea.
A su lado una explosión voló por los aires a tres de sus camaradas en la fábrica. Otro mutante murió víctima de un rayo azul, y otro cuarto pulsó el gatillo. Entonces nuestro héroe se acordó de que los superiores le habían dicho en la fase de instrucción que para disparar tenía que pulsar el gatillo. Número 343 presionó el interruptor con fuerza, pero de la boca sagrada no salió absolutamente nada. Miró a otros imperfectos que si habían conseguido disparar sus armas, y número 343 se dio cuenta de que estaba sujetando su arma del revés, así que aclarado el problema, puso el arma de forma adecuada, solo que una vez realizada la acción vio que ahora el gatillo estaba roto, seguramente por culpa de alguna de esas cosas raras de las latas.
Otra explosión estalló al alcance de los oídos deformes del mutante, y acto seguido uno de los mutantes, acobardado, intentó huir de la escena de la batalla, balbuceando por el camino palabras incoherentes. Antes de que el predicador pudiera decir nada sonó un estallido procedente de las filas imperiales, y el desertor cayó inmóvil al suelo, con un agujero en su cara y una expresión estúpida de rigor mortis en su rostro.
El predicador miró confuso de donde vino el disparo, y vio que se trataba de una temible inquisidora. Debajo de su gabardina negra llevaba una armadura de precisión que ocultaba sus pechos, y su rostro de labios perfectos y rojos tenía un sombrero de ala ancha negro que tapaba su larga y bella cabellera negra, y ya de paso unos ojos de color marrón avellana más temibles que cualquier cañon tau. Esta volvió a alzar su pistola de doble cañon y mató en el acto al sorprendido predicador. Luego, la inquisidora ocupó su lugar en el campo de batalla, dispuesta a soltar algún discursillo de ánimos a sus inferiores:
“Id”
Número 343, dispuesto a defender a una dama de tan bella efigie, caminó furioso hacia el enemigo, pulsando el gatillo de forma frenética. Pero su caminar decidido paró cuando el esclavo fue a dar de bruces contra el suelo al resbalar en una roca. Poco tiempo más tuvo el esclavo para gritar antes de que una masa entre temerosa y furiosa de individuos pasara sobre el cuerpo del caído, triturando su cuerpo a patadas, porque tal era su miedo y fidelidad al Emperador.
Número 346 corrió de forma lenta y perezosa hacia el enemigo, disparando su arma frenéticamente. Pudo notar que recibía un disparo en el hombro, pero eso no lo detuvo, y siguió con su avance sistemático. Otro disparo pasó rozando su oído derecho, matando a otro imperfecto que seguro habría detrás suya. Siguió andando. Otro disparo se estrelló, con más suerte, en el pecho del mutante, causando que por un momento sus fuerzas casi flaquearan. Y casi lo hacen cuando el arma estalló de forma torpe y casual, volando en el camino la mano derecha del servidor. Este, que todavía seguía vivo, ignoró el fuerte dolor que oprimía con violencia sus sentidos y órganos imperfectos, y siguió avanzando, moviendo un pie tras otro, de camino hacia el enemigo. Entonces, recibió una patada en las espaldas que lo lanzó contra el suelo, estrellándolo contra una roca y terminando su vida en el acto. La que había proferido la patada, la inquisidora, aprovechó el nuevo hueco que había abierto para disparar y errar en su objetivo residente en unas ruinas imperiales.
Finalmente las filas y filas de las levas de esclavos terminaron por fin su avance sistemático y llegaron a las ruinas donde se hallaban sus enemigos, los tau.
Número 347 hundió su pistola una vez más en el objetivo, estrellándolo de nuevo contra la cabeza deforme de un xenos repugnante, casi tanto como el. Pudo oír gritos de súplica y piedad en un idioma extraño por parte del xenos, pero al esclavo se la sudaba lo más mínimo, lo único que quería era obtener el perdón por parte del Emperador. Y tenía ahora el perdón al alcance de su grasienta y fea mano. La bella inquisidora pugnaba ahora mano con un imbécil de los amarillos con un cuchillo en la mano.
Ansioso por demostrar su valía, número 347 corrió de forma casi patosa hacia el enemigo, y chocó su cuerpo imperfecto contra el del tau, chocando a ambos contra una pared derruida, que no soportó el peso añadido y cayeron los dos al suelo dolorosamente. Antes de que hiciera el esclavo nada más, por lo menos levantarse, surgió de las sombras una jauría de mastines de pelaje marrón que fue a devorar a lo crudo al xenos de su lado. Mientras devoraban sus entrañas, el esclavo se levantó con cautela y caminó en dirección a la inquisidora, que se limpiaba los labios con vehemencia y observaba a la vez el desolador campo de batalla. El esclavo puso su mano sobre el delicado hombro de la mujer, abrió la boca, y esta se dio la vuelta rápidamente, pistola en mano, y respondió:
-¡Quítame la mano de encima, gilipollas!

¡BANG!

Hraigh
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