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La Gloria de Eisental - Vigésimo tercer torneo.

Miér Ene 04, 2012 10:10 am por Jodri Rompehierro

Los juglares se encargan de llevar las noticias aquellos que no saben leer, y con sus cánticos transmiten toda la información. Esta vez cantan himnos de guerra, de lucha y combate. Pero más allá de su exagerada visión, comentan el que será el vigésimo tercer torneo de Eisental:


La Gloria …


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Comentarios: 5

Para todos los usuarios.

Mar Ene 03, 2012 6:59 pm por Jodri Rompehierro

¡Muy buenas mis pequeños y Feliz Año Nuevo para todos!

Empezamos un año nuevo, y mi primera impresión no ha sido muy buena… Puede que esté confundido, o espere demasiado… Pero es lo que me parece y me cuesta decirlo… No sé si entenderéis a lo que me refiero.

En fin, aparte de …

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Comentarios: 9

Un día especial

Mar Oct 25, 2011 7:05 am por Jodri Rompehierro

Un día especial


Saludos a todos y a cada uno de vosotros. Hoy es un día muy especial, y en nombre de todos los administradores tengo que contaros algo. Esta vez no voy a narrar ningún combate, ni a rolear con vosotros. Creo que lo que voy a deciros es más importante. Algo dentro de mí me …

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INQUISIDORA (inquisidora)

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INQUISIDORA (inquisidora)

Mensaje  Hraigh el Jue Jun 30, 2011 4:41 pm

“Isabella… ¿Dónde te has metido?” me dije a mi misma. Tendría que estar acostumbrada a, como inquisidora que soy, situaciones adversas de tal calibre, sin embargo nunca lo consiguo, y la música rítmica causada por el sonido de las balas de los bolteres volando a mi alrededor y silbando como jodidos tenores afónicos. Me llevé una mano al sombrero, intentando que mi cabellera negra no ondeara al viento cual bandera. Comprobé que mi armadura, situada debajo de la gabardina negra, no hubiera sufrido daños, y dejé momentáneamente la cobertura que me ofrecían las ruinas del viejo monasterio imperial para soltar algunos disparos al aire con mi pistola láser de cuatro cañones. Luego volví a agacharme, justo a tiempo para que dos o tres disparos de bólter impactaran a pocos centímetros por encima de mi cabeza. Me mordí un poco mis labios carminados y empezé a pensar como me había metido en tan precaria situación…

Había venido al planeta Rojus para investigar los rumores sobre una herejía en el capítulo de los Sanguinarios Rojos, un capítulo sucesor de los Ultramarines. Tenía que montar un campamento de base de operaciones antes de nada, así que renegé de toda ayuda que me pudieran ofrecer los Sanguinarios, excepto por un par de marines que a mi juicio eran leales, y viajé totalmente de incógnito a las ruinas de un viejo monasterio imperial abandonado que ahora era usado como campo de pruebas, escoltada por marines de varios capítulos: un sargento de los Bebedores de Sangre, un marine de las Salamandras equipado con lanzallamas, un Recorrector Negro, un humano simple y llano procedente de Catachán, y un marine del capítulo de los Violadores Violetas, que a su vez estaba, en los precisos momentos que empleaba en recordar, lamiendo el cuello a una mujer desnuda que había atado y amordazado.

Justo cuando habíamos llegado a la planicie del monasterio, empezaron entonces los disparos, procedentes de alguna zona de entre los espesos matorrales que componían los bosques de Rojus. Al ser disparos de bólter, confirmaba mis sospechas de que había traidores en el capítulo, así que maté a los dos marines de los Sanguinarios y ordené acto seguido una retirada hacia el cerco del monasterio, donde me hallaba ahora mordiéndome los labios. Con un grito de guerra, el sargento cogió una granada de entre sus cosas, y la lanzó a ninguna parte, desperdiciando la munición escasa que teníamos. Una explosión impactó cerca del Salamandra. En un acto reflejo, este tiró sin querer el lanzallamas al suelo, y el guante también, para comprobar si se había quemado. En aquel momento yo me fijé con horror de que su piel era negra. ¡Un mutante! Sin duda alguna debía de ser un traidor, así que yo me apresuré a coger mi pistola y apretar el gatillo, acertando justo entre sus dos ojos rojos del diablo. Antes de que el cuerpo inerte del mutante cayera al suelo, ordené que cortaran cualquier comunicación con el exterior que pudiese ser transferida, cortada, o interferida, osease, todas las que teníamos.

Posteriormente ordené con la mirada una nueva salva de disparos al enemigo, con tal de parar un poco el bombardeo constante al que nos tenían sometidos. Yo, por si los casos, me puse detrás del Recorrector Negro, por si los casos. La andanada cumplió con su objetivo, y la oleada paró momentáneamente. Yo ordené que los disparos no cesaran, así que mi escolta improvisada siguió disparando con sus armas con el único objetivo de hacer saltar sus sesos por el aire, o que estallasen sus gatillos, lo que fuera antes, lo importante era pelear, servir, y morir por el Emperador. Volví a asomar mi cabeza y hize al igual que mis servidores, consiguiendo, creo, en mi empeño matar a uno de esos apestosos herejes (o al menos eso supuse por el grito de muerte que oí).

Mientras disparaban, me fijé en el guerrero de Catachan, un veterano curtido con unos músculos de toma pan y moja, más grandes que mi pie. Según mi juicio estaba teniendo un arranque de agresividad, lo cual me recordó a que durante el viaje el Catachaniano se mordió una vez las uñas. Con gran sorpresa descubrí que el soldado estaba padeciendo el Síndrome de Catachan tan común entre los suyos, así que no dude ni un momento en matarlo.

Volví atrás mi cabeza para ver que ahora, el Violador Violeta se había quitado su servoarmadura violeta y tenía una de sus manos agarrada firmemente a una de las nalgas desnudas de la mujer, mientras que la otra se metía en un orificio del trasero de la mujer y la hacía soltar un orgasmo involuntario al cielo. Ordené al sargento y al Retrorrector que se pusieran a cubierto, justo a tiempo para evitar el contraataque del enemigo en forma de una nueva andanada de disparos de bólter. Vi, con cierta sorpresa, que el marine de los Bebebdores de Sangre estaba temblando un poco al recargar su preciada pistola -¡La Rabia Negra! Una de las imperfecciones que según me he informado, padecen los Angeles Sangrientos y sus capítulos sucesores con cierta frecuencia. Yo, temerosa de las consecuencias de tener un aliado que en cualquier momento puede matarte, tuve ya claro que iba a hacer. Milésimas de segundo antes del momento, el sargento me miró sorprendido.

¡BANG!

Luego volví a fijarme en el enemigo. No pude atisbar nada, y tanto lso disparos como sus siluetas enormes habían desaparecido de repente. No supe que estaba pasando. Como quería comprobar si el enemigo seguía ahí, lancé un disparo al cielo, que dio de bruces contra el techo semiderruido, y este empezó a derrumbarse. Yo y el Retrorrector Negro salimos a tiempo de la zona antes de que el techo terminara de derrumbarse, y cuando volvimos para cubrirnos del fuego enemigo, vimos que el Violador Violeta había muerto víctima de los escombros, pero la mujer había sobrevivido, ya que yacía debajo del Violador Violeta, y estaba ahora soltando una serie de quejidos que asemejaban a orgasmos, al mismo tiempo que intentaba sin éxito apartar su entrepierna de la del marine.

Ya solo quedábamos dos, así que me volvía al Retrorrector Negro para soltarle la orden de hacer una maniobra de distracción para que yo pudiera buscar más cobertura, o a los enemigos. Este, tembloroso, me miró de manera bastante trémula instantes antes de suicidarse de un disparo en los sesos.

Aterrada, contemplé el panorama, y vi con asombro que los traidores habían acabado, uno por uno, con todos los miembros de mi expedición, y que ahora me hallaba total y absolutamente sola frente al enemigo desconocido. Desde luego la batalla había sido de lo más encarnizada. En esas estaba cuando oí sonidos de pasos al pisar con rudeza las ruinas del monasterio. Desde mi posición pude ver las sombras negras y alargadas de los herejes, y tal vez, incluso mutantes, o hasta demonios. Tenía ahora dos optativas. Podía plantar cara a un destino incierto ocultarme y rezar para que no me descubrieran, para luego huir con el rabo (y mira que no tengo) entre las piernas a mi nave, o ocultarme y rezar para que no me descubrieran, para luego huir con el rabo (y mira que no tengo) entre las piernas a mi nave. Después de algunos momento de titubeo, tomé ya mi elección, y posiblemente mi futuro.

Puse mi pistola en el hombro, miré al cielo, y dediqué un par de oraciones al Emperador, deseando para mí misma que fuera digna de sentarme a su lado debido a mi fidelidad y buena puntería a la hora de perseguir a los traidores. Sin más dilación, salí de mi escondite y me puse delante de las sombras. Cerré los ojos. Grité. Apreté el gatillo.

No hubo ¡BANG!

Sorprendida, miré con cara de estúpida mi pistola, y la arrojé a la cara de uno de mis opositores. Acto seguido uno de ellos habló con una voz veterana y cansada, en tono de una especie de riña:

-Señora…¿Está usted bien? Hemos parado los Ritos de Disparo cuando vimos que se habían metido en fuego cruzado. ¿Sabe que esto es un campo de pruebas?

Mis enemigos eran los componentes de una escuadra de nueve miembros de los Sanguinarios Rojos. Yo afirmé ante la pregunta, y me apresuré en salir del planeta. Declaré el planeta Exterminatus.

Y así fue como obtuve la Medalla al Honor Imperial.

Hraigh
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